Domingo. Un día más en este retrete gigante llamado USA en lugar de Roca. Después de haber estado toda la mañana con mis testículos sentados delante de mi flamante portátil, he bajado a la cocina para prepararme un suculento plato precocinado y congelado, dado que mi decrepitud asumida me impide prepararme nada más elaborado. Cual alegre potrillo trotaba escaleras abajo cuando mi alegría se trocó asco: Mi casera andaba pululando por el recinto culinario. Sin ser mala persona, considero que mi casera es alguien a quien prefiero evitar, debe ser una mezcla entre su cotrinez innata y mi antisociabilidad incrustada en mi alma.
Al arribar a la susodicha estancia, me encontré un caos comparable sólo a los momentos previos al hundimiento del Titanic: Platos en la mesa, rollos de papel de aluminio esparcidos aleatoriamente, el fregadero inundado a partes iguales de platos y de mierda, y el horno funcionando a toda potencia con una masa informe siendo calentada en su interior. Como no podía ser de otra manera, la televisión estaba puesta a todo volumen, uniendo su algarabía al pandemonio reinante. Durante un momento dudé de dónde me hallaba, pues parecía que la puerta de la cocina había sido transformada en una puerta interdimensional hacia un universo escatológico irreal. No obstante, al ver el inmenso culo de mi casera, desperté de una pesadilla para caer en otra peor.
Debatiéndome como pude entre la mierda, llegué al congelador, dentro del cual reinaba un pecaminoso orden, y cogí mi pitraco congelado. Pensando que tendría que esperar que mi cena se preparase sola en el día del juicio final (el horno estaba aún ocupado), sonó la alarma del susodicho horno avisando de que la masa informe estaba lista para ser <...> (no identifiqué qué era realmente, por lo que no puedo imaginarme para qué sería). Rápidamente, me abrí paso cual enloquecida fiera en busca de su hembra y conseguí introducir mi vianda e iniciar su calentamiento. Más relajado, me dediqué a indagar en el por qué de la caótica realidad que me rodeaba. No conseguía llegar a conclusión alguna, cuando me dió un ataque, conocido médicamente como jamacuco, al contemplar la raíz de todo aquel emporio del desorden: Mi rentadora se hallaba preparando...... ¡¡¡Hamburguesas en la barbacoa!!! En el arrebato de pánico que sufrí, no sabía si tirarme por la ventana del primer piso, enterrar viva a mi casera en un pozo de mierda o asarla junto con las hamburguesas. Mi poderosa maquinaria teórica se puso en marcha para intentar explicar por qué se había liado una sucursal de Pearl Harbor en la cocina si ni tan siquiera se había matado una vaca para picar la carne... A fecha de hoy, he sido incapaz de hallar la respuesta, pero hay una cosa que está clara: Si para hacer unas putas hamburguesas hace falta desencadenar el armageddon, hacer unos callos con garbanzos sería condenar el universo entero a su aniquilación... Bendita gastronomía americana...