Tras mis lamentables aventuras en Yanquilandia, a las cuales, penosamente, habré de retornar en breve, he podido disfrutar de un reencuentro con el Dr. Ruina, CarpaMan y NuggetJander para saborear las maravillas de la vida bien vivida. En una de estas reuniones afloraron ciertos recuerdos de vivencias en las que aún no se hallaba CarpaMan incluso, siendo una de ellas la acontecida en cierto pueblo del interior de España. Como cualquier bala perdida sabe, en dichos pueblos es donde se concentra el mayor número de borrachines, alcohólicos, gentes en ginebra y demás especímenes que se pueden hallar en las verbenas populares de dichos lugares. Hallábanos el Dr. Ruina, NuggetJander y un servidor en tamaño pueblo tras haber gozado de las maravillas del pitraco más selecto regado de copazos de varios tipos en una villa aneja, con lo que puede inferirse que teníamos el cuerpo preparado para cualquier acontecimiento alcohólico que se terciase. En dicho pueblo, el Dr. Ruina conoció a la que podría haber sido su media castaña, mientras yo me dedicaba a meterle cuello a una lugareña de manera desaforada (mi brutal erección me impedía moderarme) y NuggetJander se alcoholizaba para olvidar una noche rodeado de espectros del delirium tremens.
Tras alcanzar el alba, volvimos a nuestro improvisado Falcon Crest para dar cuenta del botín de la noche: Yo, una resaca de cojones; NuggetJander, 15 kilos de sueño, y el Dr. Ruina, un mollete capturado en la verbena y susceptible de ser penetrado vilmente. Al prepararme para sobar, cual no es mi sorpresa cuando al intentar entrar en la casa, me doy cuenta de que me había quedado encerrado en el jardín exterior de la misma. Dado que era verano, supuse que no sería un problema muy grave, pero me olvidé de calibrar el coñazo de las moscas, ya que hallábame en medio de un mar de hierba, fincas, ganado y mierda de vaca. Como bien dije, me eché en una tumbona cerca de la charca donde me había rebozado felizmente la tarde anterior, pero comencé a ser torturado por moscas zumbonas en mis oídos...
Moscas enviadas por el averno para hacerme rendir cuentas de todos mis excesos.
Moscas pagadas por la mafia rusa para exterminarme por medio de la privación de sueño.
Moscas infernales que trataban de sorberme la sangre y el alma para corromper mi cuerpo.
Moscas que me consideraban un pedazo de mierda fresca y querían posarse sobre mi cutis.
Moscas terroríficas que buscaban cagarse en mí como colofón a su lamentable existencia.
Tras esta breve descripción de mis compañeras de tumbona, huelga decir que intenté buscar por cualquier medio, un control de la natalidad de dichas interfectas. Este método lo encontré encerrándome en el báter exterior del chalet, con un matamoscas de plástico en una mano y una toalla en la otra para taparme un poco. El único sitio para dormir que hallé en dicho lugar fue una silla de plástico medio quemada del sol, con lo que cerré la puerta y me dediqué a exterminar a la población mosquil del habitáculo. Cuando dejaron de joderme las moscas, pude dedicarme a intentar dormir, con el matamoscas en mi diestra y la toalla en mi siniestra, coronado como el Supremo Faraón del Báter Mojón-Atón I, hijo de Fimosis II; no obstante, el Dr. Ruina entró en ese momento para intentar cagar, llevándose un susto de campeonato y mi consiguiente maldición egipcio-escatológica de la gran puta.
Debo decir que gracias a dicha intervención del Dr. Ruina, pude entrar en la mansión, encontrándome un panorama desolador. Según pude averiguar posteriormente, NuggetJander estuvo temiendo por su integridad anal debido a la presencia de un zoofílico onírico usurpador de ortos caprinos, mientras que el Dr. Ruina tuvo un colapso sanguíneo en el glande al no haber podido descargar el cargamento de amor que llevaba en sus gónadas por culpa de depresiones femeninas originadas en un cruel universo paralelo.
Evidentemente, tras comer pan duro, beber varios pelotazos y fumarnos un buen número de porros, huimos de aquella hacienda maldita, para retornar a la seguridad de nuestros oscuros antros de perdición.
Viví una juventud muy locuela, que pena que partió para no volver, jejejeje.

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