5.12.06

Majarones y Halloween, vol. 2

Tras las aventuras lamentables para conseguir llegar al tugurio de la perdición disfrazada, me propuse a mí mismo recompensarme con un copazo de la más alta calidad para ahogar mis penas previas. Rápidamente, me abrí paso con las cadenas de mi atrezzo y mi mala leche dibujada en mis ojos entre una inmensa panoplia de gilipollas como yo (menos dignos, porque yo sí sabía que lo era) vestidos acorde con sus más íntimos y reprimidos deseos.

Hundida mi mente en estas cavilaciones acerca de la lamentable categoría de los nativos, alcancé la barra y conseguí articular una petición de cubata. Cual no es mi sorpresa cuando veo que el camarero añade simultáneamente un tenue chorrito de ron añejo y un caño de cola a varios kg/cm2 de presión. El resultado de esta maniobra fue un copazo de mierda, pero que el pedazo de cabrito bien que me cobró a 8$.

Pensaba en el terrible insulto dirigido hacia mí, el vividor de vividores, por el puto sirvecopas aquel, cuando se me acabó el lingotazo. Cual no es mi sorpresa comprobar al pedir el segundo cubata, que el camarero cabrón repite la misma acción anterior, incluyendo el cobro de 8$. Me cago en su cara.

Tras consentir que me estafara por tercera vez, salí del bar haciendo balance:

Traje de gilipollas: 30$.

Pitraco comido en un garito: 6$.

Copazos de mierda en una fiesta de mierda: 24$.

Sentirme estafado durante tres veces, consintiéndolo en dos de ellas: Impagable.

Que encima me cueste un viaje de pasta: No tiene precio.

Para todo lo demás, mejor me quedo en el báter.

Misma petrae descojonarem hominem centuria vecem.

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