En el torbellino de inmundicia en que se ha convertido mi vida, de vez en cuando tengo aliados que ayudan a despejar mi mente. Es el caso del Dr. Ruina, quien, desde la distancia, contribuyó a hacerme paladear las glorias de una era pasada pero que, a buen seguro, volverá.
Escuchando los cotilleos de mi antiguo lugar de solaces varios, llegó a mis oídos la que puede ser la noticia del siglo: CarpaMan ha abierto una peluquería. Semejante nueva no sería tan escandalosa si no fuera porque la realidad supera a la ficción: En la noble testa de dicho personaje, el cabello brilla por su ausencia, dejando paso a una esplendorosa y reluciente pista de aterrizaje para mosquitos que brilla aún más que la susodicha calva.
Semejante revelación me dejó con las patas colgando, ya que afloró a mi mente la siguiente cuestión: ¿Qué labores capilares benéficas puede realizar un individuo que en lugar de melena tiene una peluca de pellejo? ¿Qué maldición no echará en los céfalos de los clientes para que sufran en silencio el tener una frente sobria y despejada?
Rápidamente me puse a cavilar en la simulación de un día de trabajo de CarpaMan, el cual comenzaría por el ritual de untarse la calva con brillantina para consagrarse a San Chincheta, patrón de los alopécicos. Tras esta unción, el antiguo, afable y tranquilo CarpaMan se transformaría en un ente amoral, poseído y con rencor hacia cualquier tipo de cabello, dedicándose cual maníaco a depilar a toda aquella alma cándida que pasare por su local. Depilaciones escrotales a la cera, arrancamientos de pelo órtico con los dientes, seguido de la destrucción de hemorroides por aplicación del after shave. Axilas yermas tras pasar soluciones ácidas para hacer la permanente esterilidad capilar en ellas. Cabezas deformadas por acción y uso de maquinillas eléctricas impías que dejan el cuero cabelludo a la miseria. Orejas que tapizan el suelo del local debido a afeitados demoníacos a mordiscos de una cuchilla afilada con una pastilla de jabón... En definitiva, vidas arruinadas por una estética que rompe con los moldes picassianos y cotidianos.
Tras esta reflexión, debo reconocer que mi pavor se ha agravado, aunque no tengo problemas por hallarme a unos diez mil kilómetros del alcance de sus lampiñas garras. Al menos, mis pezones no habrán de preocuparse por sufrir cortes originados por una maquinilla de afeitar....
Ergo calvorum cotrinisque est.
Escuchando los cotilleos de mi antiguo lugar de solaces varios, llegó a mis oídos la que puede ser la noticia del siglo: CarpaMan ha abierto una peluquería. Semejante nueva no sería tan escandalosa si no fuera porque la realidad supera a la ficción: En la noble testa de dicho personaje, el cabello brilla por su ausencia, dejando paso a una esplendorosa y reluciente pista de aterrizaje para mosquitos que brilla aún más que la susodicha calva.
Semejante revelación me dejó con las patas colgando, ya que afloró a mi mente la siguiente cuestión: ¿Qué labores capilares benéficas puede realizar un individuo que en lugar de melena tiene una peluca de pellejo? ¿Qué maldición no echará en los céfalos de los clientes para que sufran en silencio el tener una frente sobria y despejada?
Rápidamente me puse a cavilar en la simulación de un día de trabajo de CarpaMan, el cual comenzaría por el ritual de untarse la calva con brillantina para consagrarse a San Chincheta, patrón de los alopécicos. Tras esta unción, el antiguo, afable y tranquilo CarpaMan se transformaría en un ente amoral, poseído y con rencor hacia cualquier tipo de cabello, dedicándose cual maníaco a depilar a toda aquella alma cándida que pasare por su local. Depilaciones escrotales a la cera, arrancamientos de pelo órtico con los dientes, seguido de la destrucción de hemorroides por aplicación del after shave. Axilas yermas tras pasar soluciones ácidas para hacer la permanente esterilidad capilar en ellas. Cabezas deformadas por acción y uso de maquinillas eléctricas impías que dejan el cuero cabelludo a la miseria. Orejas que tapizan el suelo del local debido a afeitados demoníacos a mordiscos de una cuchilla afilada con una pastilla de jabón... En definitiva, vidas arruinadas por una estética que rompe con los moldes picassianos y cotidianos.
Tras esta reflexión, debo reconocer que mi pavor se ha agravado, aunque no tengo problemas por hallarme a unos diez mil kilómetros del alcance de sus lampiñas garras. Al menos, mis pezones no habrán de preocuparse por sufrir cortes originados por una maquinilla de afeitar....
Ergo calvorum cotrinisque est.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario