... Día que empezó bien, aterrizando mi sacrosanto mollete en el trono de porcelana al que me debo y apretando para expulsar los demonios de mi cuerpo... Lamentablemente, la cacatúa había tenido la misma idea, y se metió en el retrete adyacente para castigar al Roca y a mis oídos con una sinfonía de su instrumento de viento (en la que pude distinguir tres semicorcheas y una solfa completa, junto con un Do-Re-Mi escalonado) que hizo temblar los cimientos del edificio. Al hallarme tan cerca, el estruendo continuado hizo que rememorara sucesos precámbricos a nivel geológico, con movimientos de placas tectónicas, terremotos y destrucción de montañas. Al vivir en primera persona tamaños sucesos, entendí de golpe la extinción de los dinosaurios, debida ella no a los movimientos telúricos, sino al tufo sulfurado que sobrevino después, efluvios capaces de arruinar la atmósfera de un planeta entero.
Disipada la impresión inicial, volvió mi pútrida mente a los inicios violentos, donde, tras imaginarme la taza del báter de mi compañero de piso mancillada por la violación órtica de la vieja, me planteé el hacer que probara su propia medicina, apretando su cráneo contra las repelladuras que dejó en la porcelana para, posteriormente, tirar de la cadena y hacerla bucear en mierda durante un ratito. Sin embargo, fui incapaz de hacerlo, ya que la náusea que me provocaba el pensar en un cadáver viviente defecando a hilo, cual mirlo negro, me paralizó en mi blanco trono y me provocó más defecaciones incontroladas, que espantaron mi recatada mente.
Tras ese día, he aprendido una nueva lección en la vida, una lección de resistencia estomacal y de paciencia para con los mayores.
Disipada la impresión inicial, volvió mi pútrida mente a los inicios violentos, donde, tras imaginarme la taza del báter de mi compañero de piso mancillada por la violación órtica de la vieja, me planteé el hacer que probara su propia medicina, apretando su cráneo contra las repelladuras que dejó en la porcelana para, posteriormente, tirar de la cadena y hacerla bucear en mierda durante un ratito. Sin embargo, fui incapaz de hacerlo, ya que la náusea que me provocaba el pensar en un cadáver viviente defecando a hilo, cual mirlo negro, me paralizó en mi blanco trono y me provocó más defecaciones incontroladas, que espantaron mi recatada mente.
Tras ese día, he aprendido una nueva lección en la vida, una lección de resistencia estomacal y de paciencia para con los mayores.

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