No sé hasta dónde llegará la depravación en el cónclave. Cada vez veo más cerca el ojo del vórtice escatológico que me llevará a los más negros e incognoscibles abismos de la degeneración humana. La ruina que han traído aparejada PaellaBoy y El Hombre Nécora, junto con el FlojoFollaculos, está haciendo estragos en este, antaño tranquilo, nuestro entorno.
Sin ir más lejos, hace unos días, PaellaBoy decidió organizar una fiesta de inauguración de la que será su etapa más decadente fuera de su ambiente en la piel de toro. Acudimos en tropel, como no podía ser de otra forma, ya que la perspectiva de pitraco y alcohol de gañote nos cautivó sin miramientos. En llegando a la casa del interfecto, me hallé rodeado de una nutrida representación de los vividores de la más castiza de las tierras allende los mares, osea, España. Simultáneamente, quedé gratamente sorprendido al ver a VanPollen oficiando de pinchadiscos, oficio noble y gurú de la nueva religión hedonista en que nos hallábamos imbuidos.
Como buen estudioso del modo de vida crápula, rápidamente aterricé en la cocina a degustar delicias de Elche y rebanadas de pan mohoso con una mezcla similar a una cataplasma, de color rojizo y que PaellaBoy clamaba que contenía guindilla y atún a partes iguales. Evidentemente, deseché todo tipo de explicaciones (que, por otra parte, no me interesaban) y me lancé a comerlas, regando todo el contubernio con abundante cerveza.
Harto al cabo de un rato de tantísimo zumo de cebada y aburrido de comer el mismo pitraco, propuse a PaellaBoy ir a reponer las vacías reservas de alcohol, acto realizado de la manera más lamentable posible, ya que ambos nos encontrábamos en un estado de cocedura bastante importante.
Tras la odisea que representó llegar al supermercado a las 00:30, nos refrescamos la vista con una suculenta estantería, de la cual arrancamos sin piedad una botella de litro y medio de tequila, otra similar de whisky, una de dos litros de ginebra y un litro más de bourbon. Adicionalmente, PaellaBoy, en un alarde de sibaritismo, arrampló con una botellita de vino castizo, de los viñedos californianos más riojanos que existían. Evidentemente, semejante carga hubo de ser transportada adecuadamente, para lo cual, usufructuamos uno de los carros del súper; el transporte de tamaña carga se realizó de las manera más escandalosa posible, con las botellas entrechocándose entre sí y nosotros dos riéndonos de los exabruptos que salían de nuestras comisuras bucales.
Una vez llegamos a nuestro puerto de origen y después de varar el carrito del súper en el jardín, procedimos a desembarcar con el oro líquido de las Indias, que fue recibido con estupefacción y alegría en la casa...
Sin ir más lejos, hace unos días, PaellaBoy decidió organizar una fiesta de inauguración de la que será su etapa más decadente fuera de su ambiente en la piel de toro. Acudimos en tropel, como no podía ser de otra forma, ya que la perspectiva de pitraco y alcohol de gañote nos cautivó sin miramientos. En llegando a la casa del interfecto, me hallé rodeado de una nutrida representación de los vividores de la más castiza de las tierras allende los mares, osea, España. Simultáneamente, quedé gratamente sorprendido al ver a VanPollen oficiando de pinchadiscos, oficio noble y gurú de la nueva religión hedonista en que nos hallábamos imbuidos.
Como buen estudioso del modo de vida crápula, rápidamente aterricé en la cocina a degustar delicias de Elche y rebanadas de pan mohoso con una mezcla similar a una cataplasma, de color rojizo y que PaellaBoy clamaba que contenía guindilla y atún a partes iguales. Evidentemente, deseché todo tipo de explicaciones (que, por otra parte, no me interesaban) y me lancé a comerlas, regando todo el contubernio con abundante cerveza.
Harto al cabo de un rato de tantísimo zumo de cebada y aburrido de comer el mismo pitraco, propuse a PaellaBoy ir a reponer las vacías reservas de alcohol, acto realizado de la manera más lamentable posible, ya que ambos nos encontrábamos en un estado de cocedura bastante importante.
Tras la odisea que representó llegar al supermercado a las 00:30, nos refrescamos la vista con una suculenta estantería, de la cual arrancamos sin piedad una botella de litro y medio de tequila, otra similar de whisky, una de dos litros de ginebra y un litro más de bourbon. Adicionalmente, PaellaBoy, en un alarde de sibaritismo, arrampló con una botellita de vino castizo, de los viñedos californianos más riojanos que existían. Evidentemente, semejante carga hubo de ser transportada adecuadamente, para lo cual, usufructuamos uno de los carros del súper; el transporte de tamaña carga se realizó de las manera más escandalosa posible, con las botellas entrechocándose entre sí y nosotros dos riéndonos de los exabruptos que salían de nuestras comisuras bucales.
Una vez llegamos a nuestro puerto de origen y después de varar el carrito del súper en el jardín, procedimos a desembarcar con el oro líquido de las Indias, que fue recibido con estupefacción y alegría en la casa...

No hay comentarios.:
Publicar un comentario