¡Qué alegría reinaba en la casa, voto a bríos! VanPollen, cual DJ residente hallábase poniendo los últimos éxitos de Las Grecas mientras El Hombre Nécora me acosaba sin tregua, CentolloMan observaba sobrio y el resto de crápulas pegaba botes y se entregaba a la más inicua depravación alcohólica. Eran hijos de la carne y del bebercio, y al susodicho se entregaban sin misericordia, al igual que yo, atrapado en una maldición llamada whisky con zumo de naranja que entraba en mi cuerpo y me poseía sin remisión.
Mi recién afeitada cabeza sudaba cual marranillo al continuar engullendo litros de perdición dulzona, cuando fui testigo del estallido energético de El Hombre Nécora, el cual, poseído por el espíritu pastillero, tuvo 30 segundos de euforia en los que se cayó de una silla para, a continuación, dar una lección de poder al resistir desparramado en el suelo, inconsciente y con el pitillo en la mano durante unos 5 minutos al menos. Al contemplar aquello, mi mente, perdida en una neblina de delirium tremens, permaneció en dicha neblina, pero accionó mi brazo para tomar otro trago de whisky.
En un momento dado, pude escuchar uno de los temas trance que han marcado mi vida, punto de inflexión en el que me desaté, cual gogó del espectáculo y terror de las féminas (literal), para empezar a pegar tumbos por la estancia en un simulacro de danza electro-tech con el consecuente temblor de tierra del carcomido piso de madera y los gritos de descontrol del personal.
Finalizado el tema musical en cuestión, mi poderoso y a la vez lamentable cuerpo comenzó a ejercer su función de lastre de mi podrida mente, ya que, si bien los allí presentes seguían con sus lúbricas danzas y contoneos, mi persona seguía pegando bandazos sin control alguno, solamente guiándome por turbias imágenes curvadas que resultaron ser las paredes de la habitación. Debo decir que El Hombre Nécora, parcialmente recuperado del subidón etanólico, aprovechó la coyuntura para intentar violinarme sin piedad, pero mi cuerpo, funcionando casi como una entidad ajena a mi pensamiento, resistió los embites furiosos de semejante personaje, manteniendo intacta mi virtud y permitiéndome abrir los ojos (que no los ojetes) a la realidad que allí se cocía: Era una jungla lúbrica en la que el débil es garchado y el fuerte también, salvo que sean más avispados que el hambre. Así, en mi agonía túrbida, me arrastré hacia un butacón, en el que permanecí un rato hasta que llamaron a la puerta...
Mi recién afeitada cabeza sudaba cual marranillo al continuar engullendo litros de perdición dulzona, cuando fui testigo del estallido energético de El Hombre Nécora, el cual, poseído por el espíritu pastillero, tuvo 30 segundos de euforia en los que se cayó de una silla para, a continuación, dar una lección de poder al resistir desparramado en el suelo, inconsciente y con el pitillo en la mano durante unos 5 minutos al menos. Al contemplar aquello, mi mente, perdida en una neblina de delirium tremens, permaneció en dicha neblina, pero accionó mi brazo para tomar otro trago de whisky.
En un momento dado, pude escuchar uno de los temas trance que han marcado mi vida, punto de inflexión en el que me desaté, cual gogó del espectáculo y terror de las féminas (literal), para empezar a pegar tumbos por la estancia en un simulacro de danza electro-tech con el consecuente temblor de tierra del carcomido piso de madera y los gritos de descontrol del personal.
Finalizado el tema musical en cuestión, mi poderoso y a la vez lamentable cuerpo comenzó a ejercer su función de lastre de mi podrida mente, ya que, si bien los allí presentes seguían con sus lúbricas danzas y contoneos, mi persona seguía pegando bandazos sin control alguno, solamente guiándome por turbias imágenes curvadas que resultaron ser las paredes de la habitación. Debo decir que El Hombre Nécora, parcialmente recuperado del subidón etanólico, aprovechó la coyuntura para intentar violinarme sin piedad, pero mi cuerpo, funcionando casi como una entidad ajena a mi pensamiento, resistió los embites furiosos de semejante personaje, manteniendo intacta mi virtud y permitiéndome abrir los ojos (que no los ojetes) a la realidad que allí se cocía: Era una jungla lúbrica en la que el débil es garchado y el fuerte también, salvo que sean más avispados que el hambre. Así, en mi agonía túrbida, me arrastré hacia un butacón, en el que permanecí un rato hasta que llamaron a la puerta...

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