Tras una temporada absorto en mi trabajo, he podido recrear en este país tan salao una de las míticas conversaciones tenidas por mi mayestática persona con el Dr. Ruina, NuggetJander y CarpaMan en mi país natal. La charla de hoy versaba sobre las apariencias y apetencias sexuales de las camareras cafeteras del edificio donde fomento la ruina de la ciencia, y donde hallábame tomando un café con el cónclave crápula.
Poniéndonos en antecedentes, existen dos camareras en la cafetería portátil de mi edificio: Una que puede tener unos 20-22 años, de muy buen ver, guapa y con mucha mala pipa. La pobre mía no es más lacia porque no puede, y creo que además piensa que está para mojar pan, lo cual es cierto. La otra camarera es más talludita, puede rondar los 30-35 años, está más rellena, tiene una carita guapa y es más simpática. Posiblemente, una serie de frustraciones en su infancia hayan repercutido de la manera adecuada en su modo de ser. Volviendo al tema anterior, la teoría barajada era que, mientras que la maciza se mueve menos en la cama que los ojos de Espinete, la menos guapa es una fornicadora nata, una campeona de la succión pénica que se come los falos como espárragos, es decir, a manojos.
Rápidamente me puse a simular lo que podría ser una noche de pasión con ambas, y pude visualizar en mi clarividencia que la maciza no sabría lo que es un rabo, que se asustaría cuando empezara a crecer y que, tras tocarlo un par de veces con asco e incredulidad, se espantaría cuando escupiese su preciosa carga de fecundidad. En temas de fornicaciones, profeticé que cualquier movimiento en el lecho nupcial sería debido a un calambre en los músculos lumbares o a un afán de salir huyendo de allí por considerar impuro y poco casto el estar ensartada como una brocheta.
Esforzando más mi mente, proyecté mi pensamiento intentando ver la reacción de la menos agraciada, y pude comprobar, asustado, que esta mujer es de las que arrancan la ropa en un movimiento y medio, quedándose el susodicho macho desnudo en un picosegundo mientras ella, con ojos inyectados en sangre, saliva resbalando por la comisura de la boca, pezones erectos y ardiente vulva, se aproxima a la velocidad del sonido hacia el pene de su compañero de alcoba, con objeto de poseerlo, saborearlo y, de un precoz y certero movimiento de succión, introducir la sábana por el orto del hombre en cuestión de la fuerza aplicada en este movimiento. Tras acabar esa parte, cual fiera salvaje en celo, se lanzaría con la vulva en punta de lanza hacia la cara de su semental, para que, anulada la voluntad de éste, la hiciera suya durante los segundos previos a la práctica del coito non-interruptus más largo, feroz, aberrante, placentero, doloroso y desgarrante de toda existencia humana.
Dado que soy un hombre sensible, mis visiones acabaron ahí, ya que no podía soportar tanto libertinaje, lubricidad y espectáculo dantesco, así que me integré de nuevo en la harto interesante conversación que andábamos teniendo en ese momento sobre la cría del berberecho tigre en cautividad. Creo que en mi estancia en los EEUU aprenderé múltiples cosas que me servirán en la vida...diaria, jur, jur, jur.
Poniéndonos en antecedentes, existen dos camareras en la cafetería portátil de mi edificio: Una que puede tener unos 20-22 años, de muy buen ver, guapa y con mucha mala pipa. La pobre mía no es más lacia porque no puede, y creo que además piensa que está para mojar pan, lo cual es cierto. La otra camarera es más talludita, puede rondar los 30-35 años, está más rellena, tiene una carita guapa y es más simpática. Posiblemente, una serie de frustraciones en su infancia hayan repercutido de la manera adecuada en su modo de ser. Volviendo al tema anterior, la teoría barajada era que, mientras que la maciza se mueve menos en la cama que los ojos de Espinete, la menos guapa es una fornicadora nata, una campeona de la succión pénica que se come los falos como espárragos, es decir, a manojos.
Rápidamente me puse a simular lo que podría ser una noche de pasión con ambas, y pude visualizar en mi clarividencia que la maciza no sabría lo que es un rabo, que se asustaría cuando empezara a crecer y que, tras tocarlo un par de veces con asco e incredulidad, se espantaría cuando escupiese su preciosa carga de fecundidad. En temas de fornicaciones, profeticé que cualquier movimiento en el lecho nupcial sería debido a un calambre en los músculos lumbares o a un afán de salir huyendo de allí por considerar impuro y poco casto el estar ensartada como una brocheta.
Esforzando más mi mente, proyecté mi pensamiento intentando ver la reacción de la menos agraciada, y pude comprobar, asustado, que esta mujer es de las que arrancan la ropa en un movimiento y medio, quedándose el susodicho macho desnudo en un picosegundo mientras ella, con ojos inyectados en sangre, saliva resbalando por la comisura de la boca, pezones erectos y ardiente vulva, se aproxima a la velocidad del sonido hacia el pene de su compañero de alcoba, con objeto de poseerlo, saborearlo y, de un precoz y certero movimiento de succión, introducir la sábana por el orto del hombre en cuestión de la fuerza aplicada en este movimiento. Tras acabar esa parte, cual fiera salvaje en celo, se lanzaría con la vulva en punta de lanza hacia la cara de su semental, para que, anulada la voluntad de éste, la hiciera suya durante los segundos previos a la práctica del coito non-interruptus más largo, feroz, aberrante, placentero, doloroso y desgarrante de toda existencia humana.
Dado que soy un hombre sensible, mis visiones acabaron ahí, ya que no podía soportar tanto libertinaje, lubricidad y espectáculo dantesco, así que me integré de nuevo en la harto interesante conversación que andábamos teniendo en ese momento sobre la cría del berberecho tigre en cautividad. Creo que en mi estancia en los EEUU aprenderé múltiples cosas que me servirán en la vida...diaria, jur, jur, jur.

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