En un día como hoy, harto ocioso, sin nada interesante que hacer, asqueado de la vida y viendo llover por la ventana, creo que es buen momento para hacer balance económico del mes cafetero.
En la pseudo cafetería portátil de mi edificio, donde residen/trabajan las dos féminas protagonistas de una entrada anterior, existe la desagradable costumbre de cobrarme 1.25$ por cada café que me tomo, el cual no es más que un pucherete de lo más aguado, insípido y necesitado de azúcar y sacarina a espuertas. No obstante, y como para compensar semejante atropello, existe también una peculiar costumbre: En unos papelitos sabiamente ilustrados con números del 1 al 10, se debe estampar un sello en cada cifra por cada café comprado, permitiendo las reglas de este juego recibir un vaso del líquido manjar gratis al rellenar el susodicho cuponcillo.
Increíblemente, en el país donde cualquier cantamañanas puede comprar un arma automática, la gente es terriblemente confiada, y YO, Mr. Crápula, que provengo de un país donde en los últimos 700 años se ha practicado descarada, impúdica y constantemente la picaresca, he encontrado la manera perfecta de ingerir la porquería de café que me suministran de la manera más gañotil posible. Héme aquí que en un alarde de astucia, cuando la camarera se halla haciendo algún café, mi mano, de manera misteriosa, por supuesto, se desata, y en lugar de poner un sellito, viene a poner 3 o 4 de una tacada. Semejante comportamiento me aterra, puesto que es delictivo, y en un país donde, por menos de nada, puedes acabar vestido de color butano y en el corredor de la muerte, esta desviación me pone en la cuerda floja, aunque a la vez, me resulta estimulante, por la descarga de adrenalina que siento. Cada vez que pongo un sello de más, una sensación cuasi-orgásmica recorre mi médula espinal, haciéndome ver todo de color rojo por la sangre inyectada tanto en mi cerebelo (núcleo de los comportamientos involuntarios) como en mi glande (sensación de estimulación sexual por la secreción de hormonas debida a la excitación) y creo que soy el centro del universo.
Vallecatres dice que soy un cutre por hacer esto; mientras BertoliniMan agita su cabeza dando a entender que soy un caso perdido, el Amo Del Megaherzio se ríe junto con CentolloMan en unas carcajadas que resuenan como lúgubres campanadas en mi atronada mente, haciéndome ver que no es correcto esto que hago, y motivándome a hacerlo de nuevo una y otra vez. Soy un psicópata, y mi mente se halla arrinconada ante esta personalidad maligna que desconocía poseer. Soy una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde pero traspapelado al asunto del café. Si este aberrante modo de vida se mantiene, dentro de poco cometeré un atropello aún mayor: Robar el papel higiénico de los retretes.
A pedibus usque ad cabezum crapulorum semus.
En la pseudo cafetería portátil de mi edificio, donde residen/trabajan las dos féminas protagonistas de una entrada anterior, existe la desagradable costumbre de cobrarme 1.25$ por cada café que me tomo, el cual no es más que un pucherete de lo más aguado, insípido y necesitado de azúcar y sacarina a espuertas. No obstante, y como para compensar semejante atropello, existe también una peculiar costumbre: En unos papelitos sabiamente ilustrados con números del 1 al 10, se debe estampar un sello en cada cifra por cada café comprado, permitiendo las reglas de este juego recibir un vaso del líquido manjar gratis al rellenar el susodicho cuponcillo.
Increíblemente, en el país donde cualquier cantamañanas puede comprar un arma automática, la gente es terriblemente confiada, y YO, Mr. Crápula, que provengo de un país donde en los últimos 700 años se ha practicado descarada, impúdica y constantemente la picaresca, he encontrado la manera perfecta de ingerir la porquería de café que me suministran de la manera más gañotil posible. Héme aquí que en un alarde de astucia, cuando la camarera se halla haciendo algún café, mi mano, de manera misteriosa, por supuesto, se desata, y en lugar de poner un sellito, viene a poner 3 o 4 de una tacada. Semejante comportamiento me aterra, puesto que es delictivo, y en un país donde, por menos de nada, puedes acabar vestido de color butano y en el corredor de la muerte, esta desviación me pone en la cuerda floja, aunque a la vez, me resulta estimulante, por la descarga de adrenalina que siento. Cada vez que pongo un sello de más, una sensación cuasi-orgásmica recorre mi médula espinal, haciéndome ver todo de color rojo por la sangre inyectada tanto en mi cerebelo (núcleo de los comportamientos involuntarios) como en mi glande (sensación de estimulación sexual por la secreción de hormonas debida a la excitación) y creo que soy el centro del universo.
Vallecatres dice que soy un cutre por hacer esto; mientras BertoliniMan agita su cabeza dando a entender que soy un caso perdido, el Amo Del Megaherzio se ríe junto con CentolloMan en unas carcajadas que resuenan como lúgubres campanadas en mi atronada mente, haciéndome ver que no es correcto esto que hago, y motivándome a hacerlo de nuevo una y otra vez. Soy un psicópata, y mi mente se halla arrinconada ante esta personalidad maligna que desconocía poseer. Soy una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde pero traspapelado al asunto del café. Si este aberrante modo de vida se mantiene, dentro de poco cometeré un atropello aún mayor: Robar el papel higiénico de los retretes.
A pedibus usque ad cabezum crapulorum semus.

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