Aún no me lo creo. He tenido la oportunidad de conectar con la Meca de los Crápulas vía internete, y de entre la pléyade de golfantes que por allí se alojan, tuve el honor de hablar con el Dr. Ruina, Marqués de Hueveté y Vividor Mayor del Reino. A mi mente acudieron vívidas imágenes de tiempos mejores, donde fuimos los conquistadores de la noche, reyes de esa etérea porción de la vida denominada hedonismo y faraones de los retretes, como se describió en un post anterior.
Tras unas breves frases de alegría, el Dr. Ruina pasó a describirme su actual situación económico-laboral. La última vez que pude hablar con él, estaba a punto de entrar en una multinacional de la informática, empresa que abarcaba sin reparos la distribución de equipamiento puntero desde las salinas de San Fernando hasta la última casa de Villaborregos de Abajo, pueblecito imaginario del sur de la piel de toro. Su entrada en semejante emporio supondría pingües beneficios para el clan crapuliano, dado el capital que iba a ser invertido en cubatas y puros. Sin embargo, cual no es mi sorpresa al descubrir que, emulando al dios Bukowski, me confiesa sin remordimiento que abandonó semejante potencia económica debido al esfuerzo que supondría el trabajar para ellos.
Pude conocer horrorizado cómo pretendían que llevase los mantenimientos electro-informáticos a miles de subclientes de una subcontrata no contratada y con menos papeles que una liebre. De cómo pretendían que su flamante automóvil se moviese a base de aire, al pagar una miseria por cada kilómetro recorrido. Pude conocer también los ridículos y aberrantes pecunios que percibiría por semejante esfuerzo, y por ello, no pude menos que sucumbir ante un estremecimiento de alegría cuando leí que huyó de aquella casa de locos por la puerta grande, con toda la clase que sólo se obtiene por ser un vividor. Sentí ese orgullo de las ruinas humanas, esa solidaridad de los parias económicos en esta sociedad de mierda, ese placer obtenido al vapulear al poderoso. Cada siento más la necesidad de parecerme a esta gran luminaria vividora, motivo por el cual me he pelado como una bombilla. Lo próximo será tener doscientas películas porno en el ordenador para acercarme más al paraíso, juas, juas, juas.
Tras unas breves frases de alegría, el Dr. Ruina pasó a describirme su actual situación económico-laboral. La última vez que pude hablar con él, estaba a punto de entrar en una multinacional de la informática, empresa que abarcaba sin reparos la distribución de equipamiento puntero desde las salinas de San Fernando hasta la última casa de Villaborregos de Abajo, pueblecito imaginario del sur de la piel de toro. Su entrada en semejante emporio supondría pingües beneficios para el clan crapuliano, dado el capital que iba a ser invertido en cubatas y puros. Sin embargo, cual no es mi sorpresa al descubrir que, emulando al dios Bukowski, me confiesa sin remordimiento que abandonó semejante potencia económica debido al esfuerzo que supondría el trabajar para ellos.
Pude conocer horrorizado cómo pretendían que llevase los mantenimientos electro-informáticos a miles de subclientes de una subcontrata no contratada y con menos papeles que una liebre. De cómo pretendían que su flamante automóvil se moviese a base de aire, al pagar una miseria por cada kilómetro recorrido. Pude conocer también los ridículos y aberrantes pecunios que percibiría por semejante esfuerzo, y por ello, no pude menos que sucumbir ante un estremecimiento de alegría cuando leí que huyó de aquella casa de locos por la puerta grande, con toda la clase que sólo se obtiene por ser un vividor. Sentí ese orgullo de las ruinas humanas, esa solidaridad de los parias económicos en esta sociedad de mierda, ese placer obtenido al vapulear al poderoso. Cada siento más la necesidad de parecerme a esta gran luminaria vividora, motivo por el cual me he pelado como una bombilla. Lo próximo será tener doscientas películas porno en el ordenador para acercarme más al paraíso, juas, juas, juas.

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