3.3.07

Miedo y picadero en San Diego

Noche. Cervezas. Música. Los condimentos ideales para el amor mercenario de barra. Hallábanos la representación más selecta del cónclave crápula disfrutando del zumo de la cebada y observando nuestros alrededores para comentar, criticar y execrar las modas americanas en términos de mozas de buen ver. Cierto es que no se pudo extraer ninguna conclusión del susodicho bar, ya que la distribución gaussiana que pude calcular en mi delirio etílico era tan plana como mi capacidad de respuesta ante estímulos visuales tras ingerir la litrona que llevaba en la mano. Es por ello que en junta extraordinaria del grupo, se decidió huir vilmente de semejante antro amorfo y asexuado para intentar entrar en otro más normal para disfrutar de la noche y sus dádivas de alcohol. De esta forma, nos distribuimos en los troncomóviles y salimos quemando rueda de allí. A mi lado llevaba al inefable CentolloMan, y siguiéndonos iban Vallecatres, el Amo del Megaherzio, El-Hombre-Buda-Que-Ilumina y una nueva adquisición del grupito crapulón, un sueco llamado Rubiafsson y más largo que un día sin pan, pero muy buen chaval. Dado que yo estaba más perdido que un pulpo en un garaje, CentolloMan se ofreció a guiarme cual portador de luz a través de la oscuridad de la noche. Arrancamos pues y nos adentramos en la espesura del asfalto, siempre guidao por mi fiel gps humano que llevaba al lado; sin embargo, tras pasar un semáforo, la alegría se trocó inquietud. Oscuros parajes nos rodeaban y nos amenazaban con sus presencias. Negros horizontes se extendían ante nuestros ojos cual laberintos de cemento, dentro de los cuales, aguardaba el minotauro de la perdición. A todo esto, mientras mi mente hervía en la inquietud y mi metálica montura sufría las acometidas de un pavimento de mierda, CentolloMan iba a mi lado reventándose de la risa, revolcándose en el lodo de mi penar y llorando lágrimas negras de ironía a mi costa. No obstante, la cosa pareció clarear un poco cuando llegamos a una intersección con una calle conocida, ante la cual, CentolloMan me dió la última indicación para la perdición..... Al cabo de 200 metros, apareció ante nosotros un gigantesco crucifijo, marcando el punto del último lugar que esperaba encontrarme en esta ciudad: El picadero oficial, con vistas al océano pacífico por un lado, a la inmensidad del desierto por otro y a los vecinos de coche intentando hacer el salto del tigre dentro de un utilitario, todo ello presidido por el crucifijo, homenaje a tantas virginidades perdidas, a tantas penetraciones ejercidas en sus inmediaciones y al sinnúmero de felaciones allí practicadas. Tras salir de mi asombro, miré a CentolloMan con la cara desencajada mientras Vallecatres aparcaba a mi lado y empezaba a descojonarse junto con el resto del cargamento de vividores que llevaba, formulando preguntas acerca de las intenciones de haber llegado allí. A todo esto,CentolloMan había salido del coche y estaba partiéndose el ojete de la risa, y yo me hallaba ante una encrucijada, puesto que no sabía si tirar al susodicho e inefable CentolloMan por la ladera de la colina, si asarlo al calor el tubo de escape o si meterlo en el coche de nuevo y salir de allí pitando, opción que triunfó sobre todas las demás. A la bajada, dejé que Vallecatres abriera camino, cosa que permitió llegar a las inmediaciones del oasis de alcohol y tranquilidad que andábamos buscando desde hacía horas.... Desde hoy, nunca podré mirar un crucifijo de la misma forma.

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