Viernes. Oscuridad sideral. Tiempo no muy desagradable. Caldo de cultivo para una escapada con motivo de la celebración del aniversario de Van Pollen. Crápulas reunidos en convención social para adorar al rey de reyes crapuloides, el inefable Van Pollen. Entre la crema allí reunida, estábamos el gran Mr. Crápula (o sea, yo), Vallecatres y señora, el Señor DosOstias sin su adorable señora, FragmentKlander y señora, BertoliniMan y señora, El Hombre Piercing y señora, CentolloMan y señora (no, éste venía con El Hombre Tranquilo) la Señorita Mangana, la Mujer Aislada, El Gaucho Garchador y el Amo del Megaherzio, junto con El-Hombre-Buda-Que-Ilumina, poderosa luminaria sibarita.
Encontrábamosnos, además, en el antro de perdición donde CentolloMan dió una magistral lección de baile de pasodobles a una borracha nativa, con lo que la noche prometía. Rápidamente, comenzó a correr el zumo de cebada, deleitando nuestros resecos gaznates y lubricando las cuerdas vocales para lo que empezó siendo una velada inolvidable. Tras ingerir unos cuantos vasos de cerveza, mi ilustre persona fue ilustrada por la Señorita Mangana sobre un viaje que realizó con anterioridad, maravillándome en mi estado etílico de la más increíble vanguardia artístico-órtica de este país. A todo esto, el Amo del Megaherzio se hallaba inhalando cerveza y cigarros a partes iguales, despendolado perdido y de animada cháchara con La Mujer Aislada. Vallecatres hallábase comentando disquisiciones varias con su señora y una amiga, y así más o menos fue transcurriendo la noche.
Sin embargo, algo ocurrió en el cosmos que alteró misteriosamente ese delicado equilibrio instaurado. Una catástrofe etérea que tuvo repercusiones en nuestro peculiar fiestorro. En un momento dado, El Hombre Piercing y yo descubrimos una gramola de nueva generación, la cual, por el módico precio de un dólar, daba la oportunidad de torturar gratuitamente a la afición presente en el bar. Rápidamente acudimos a observar la susodicha máquina, la cual, como ente maligno salido del mismo infierno, nos poseyó con su pantalla. Como abducidos por una fuerza sobrenatural, el Hombre Piercing y yo empezamos a desperdiciar dinero y a seleccionar grandes clásicos de toda la vida, como los Judas Priest, Slipknot, los Kiss ó los Iron Maiden, melodías satánicas que aporrearon los tímpanos de los parroquianos y me provocaron una acidez anal de lo más interesante. Tras una primera aproximación a esta nueva vía de esparcimiento, anidó en nuestras mentes el gen de lo obsceno, de lo bizarro, de lo extraño y estrambótico, y sin pararnos a pensar en las consecuencias, buscamos piezas como la Mayonesa ó el Aserejé. Huelga decir que al encontrarlas, las incluimos sin dudar en la lista, con la esperanza de destruir la escasa cordura del personal.
Tras haber deleitado nuestras caderas con unos contoneos al ritmo de la más infumable pachanga, pude observar cómo transcurría el evento, y presencié horrorizado los ataques reiterados de CentolloMan a un mollete gabacho (sobre lo cual se comentó que jamas habría garchamiento a dicho mollete); cómo El-Hombre-Buda-Que-Ilumina daba conversación a una compañera gabacha del mollete anterior (sobre lo que se concluyó que la poderosa luminaria sibarita estaba en horas bajas y con el gusto perdido); ví a Van Pollen sufriendo los efectos de la cerveza, con la mirada perdida en ensoñaciones de su amigo Margarito. BertoliniMan posaba en medio del caos cual modelo de Dolce&Gabanna, con una cara que no acertaba a descubrir si era por hastío o por deformación castigadora. Mi mente se turbó, masturbó y perturbó simultáneamente, decidiendo retornar a la orgía musical para descubrir que el Gaucho Garchador se hallaba allí mismo con un ruso bastante desgarbado, criticando mis gustos musicales y dejándome por los suelos en mi delirio alcohólico....
Encontrábamosnos, además, en el antro de perdición donde CentolloMan dió una magistral lección de baile de pasodobles a una borracha nativa, con lo que la noche prometía. Rápidamente, comenzó a correr el zumo de cebada, deleitando nuestros resecos gaznates y lubricando las cuerdas vocales para lo que empezó siendo una velada inolvidable. Tras ingerir unos cuantos vasos de cerveza, mi ilustre persona fue ilustrada por la Señorita Mangana sobre un viaje que realizó con anterioridad, maravillándome en mi estado etílico de la más increíble vanguardia artístico-órtica de este país. A todo esto, el Amo del Megaherzio se hallaba inhalando cerveza y cigarros a partes iguales, despendolado perdido y de animada cháchara con La Mujer Aislada. Vallecatres hallábase comentando disquisiciones varias con su señora y una amiga, y así más o menos fue transcurriendo la noche.
Sin embargo, algo ocurrió en el cosmos que alteró misteriosamente ese delicado equilibrio instaurado. Una catástrofe etérea que tuvo repercusiones en nuestro peculiar fiestorro. En un momento dado, El Hombre Piercing y yo descubrimos una gramola de nueva generación, la cual, por el módico precio de un dólar, daba la oportunidad de torturar gratuitamente a la afición presente en el bar. Rápidamente acudimos a observar la susodicha máquina, la cual, como ente maligno salido del mismo infierno, nos poseyó con su pantalla. Como abducidos por una fuerza sobrenatural, el Hombre Piercing y yo empezamos a desperdiciar dinero y a seleccionar grandes clásicos de toda la vida, como los Judas Priest, Slipknot, los Kiss ó los Iron Maiden, melodías satánicas que aporrearon los tímpanos de los parroquianos y me provocaron una acidez anal de lo más interesante. Tras una primera aproximación a esta nueva vía de esparcimiento, anidó en nuestras mentes el gen de lo obsceno, de lo bizarro, de lo extraño y estrambótico, y sin pararnos a pensar en las consecuencias, buscamos piezas como la Mayonesa ó el Aserejé. Huelga decir que al encontrarlas, las incluimos sin dudar en la lista, con la esperanza de destruir la escasa cordura del personal.
Tras haber deleitado nuestras caderas con unos contoneos al ritmo de la más infumable pachanga, pude observar cómo transcurría el evento, y presencié horrorizado los ataques reiterados de CentolloMan a un mollete gabacho (sobre lo cual se comentó que jamas habría garchamiento a dicho mollete); cómo El-Hombre-Buda-Que-Ilumina daba conversación a una compañera gabacha del mollete anterior (sobre lo que se concluyó que la poderosa luminaria sibarita estaba en horas bajas y con el gusto perdido); ví a Van Pollen sufriendo los efectos de la cerveza, con la mirada perdida en ensoñaciones de su amigo Margarito. BertoliniMan posaba en medio del caos cual modelo de Dolce&Gabanna, con una cara que no acertaba a descubrir si era por hastío o por deformación castigadora. Mi mente se turbó, masturbó y perturbó simultáneamente, decidiendo retornar a la orgía musical para descubrir que el Gaucho Garchador se hallaba allí mismo con un ruso bastante desgarbado, criticando mis gustos musicales y dejándome por los suelos en mi delirio alcohólico....

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