Héme aquí en mi cátedra, sentado en mi trono de blanca porcelana reflexionando acerca de un curioso y fugaz episodio acontecido esta noche pasada. Cual guerrero en su reposo, encontrábame con un copazo en mi antro favorito, y como cualquier buen vividor sabe, un pelotazo sin un puro habano no es sino una triste sombra. Por tanto, y tras degustar un primer trago, procedí a encender mi puro, encontrándose mi mirada con una pareja en la mesa de al lado. El susodicho dúo hallábase mirando con una mezcla de curiosidad y asombro mi cilindro de tabaco humeante, cuchicheando ella en ese momento, algo al oído de su amante y haciendo un lamentable intento de imitación de mis gestos al fumar. La verdad es que en la primera décima de segundo me gustó sentirme el centro del universo glamouroso de la patética pareja adyacente, máxime viendo que la mujer no era muy molesta a la vista y que tenia un buen par de cántaros lácteos cuidadosamente tostados al sol. No obstante, al percibir una segunda mirada en plan cachondeíto, el asco y la aversión hicieron acto de presencia. Mi antaño belleza de piel bronce se convirtió en un ángel caído del que YO iba a hacer leña, porque: ¿De qué mierda se reían esos dos gilipollas? ¿Acaso se mofaban de la majestuosidad de un habano encendido?¿Es que en su cloaca de origen solo fuman aquellos que son unos inadaptados sexuales?¿O era de mi cara de placer al saborear esas maravillas de la naturaleza (copa y puro)? Tal vez la respuesta era más simple: La susodicha guiri (porque era guiri) no conocía el arte de fumar puros, bien por ser una mujer decente, bien porque el eunuco a su lado nunca le hubiese adoctrinado en fumar puros con flecos. Al llegar a este punto, apareció un oscuro y húmedo deseo en mi podrido interior, imaginándola desnuda y rebozada en aceite y con mi “habano” en su garganta, con las comisuras supurando babas, sudando por la excitación y con su enmasculado novio estimulándose la próstata para orgasmear al verla “fumar”. La necesidad de un nuevo trago disipó este sutil pensamiento; al verlos intercambiar sus salivas y sus lenguas, supuse que yo había dejado de ser su centro del mundo, así que empuñé mi puro con la diestra y mi copón con la siniestra para continuar mi diversión como un auténtico señor.
6.9.06
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